LA ESCUELA TALLER DE TUMACO, UN ESCENARIO DONDE SE CONSTRUYE PAZ

Redacción original: J. Mauricio Chaves Bustos (extraído de El Espectador el 24 de julio de 2020).

A través de nuestra vida hemos conocido muchas clases de líderes, desde aquellos que se quedaron anclados en las luchas propias de la entonces llamada Guerra Fría, hasta aquellos que, con profunda dedicación y entrega a sus comunidades, sacrifican sus propias vidas en pro de sus semejantes. Y, desde luego, toda una gama de grises que hay entre uno y otro polo, donde permanentemente se observa un trabajo que es un apostolado la mayoría de las veces, cuando se ha asimilado que el otro es tan importante como uno mismo y cuando las diferencias nos permiten crecer como comunidad en nuestros territorios. Los líderes son sostenes de las comunidades, son principio de la lucha de los derechos humanos, son medios para lograr escalar las quejas y reclamos, son fines cuando en cabeza de ellos está la existencia de muchas personas más.

Marcela Aragón Valencia es una de esas líderes jóvenes en Tumaco, su pensamiento permanentemente está viajando por todo este territorio que es suyo, el Pacífico nariñense, que lo ha asimilado hasta las entrañas; por eso, por entre el dolor que puede sentir frente a tanta injusticia, ante tanto oprobio proveniente de tantos lados, de la ignominia que le produce pensar en el abandono del Estado, de propios y de particulares, hace su ejercicio de liderazgo desde lo propositivo. Yo creería que Marcela siempre será joven, ese espíritu que tiene está alimentado por tantos sueños, muchos de ellos vueltos realidad, que es difícil detener ese ciclón que es permanente actuar.

Dirige la Escuela Taller de Tumaco, una propuesta que llegó a Latinoamérica de mano de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), para fomentar el cuidado de los patrimonios culturales que hay en los diferentes países y territorios, desde el postulado más maravilloso de la pedagogía: el aprender haciendo. Ahí se preparan cientos de jóvenes en los saberes que les permitirán no solamente ganar el sustento dignamente, sino también como una posibilidad real de construir su propio proyecto de vida entendiendo que sus patrimonios culturales son fuente de vida.

A los pocos días de este retorno al Pacífico, la llamé, no la conocía personalmente, pero hay hermanamientos que van más allá de lo puramente racional, entonces comprendimos que hay muchos sueños compartidos y muchos anhelos por forjar. Almorzamos donde una de sus primeras alumnas, ya que la gastronomía es uno de los mayores legados culturales que hay en este hermoso territorio de chillangua y chiraran, de tapaos y encocados; en un modesto, pero hermoso restaurante, fue nuestro encuentro, la comida del día parece sacada de los saberes más ancestrales, pescado encocado para ella y piangua para mí. María, una de sus alumnas de la primera promoción, es la propietaria del lindo restaurante, pero además es ahora docente de culinaria en la Escuela Taller. Ese es el aprender haciendo, tanto para Marcela como para María, ambas atrapadas en la posibilidad de hacer de este territorio un lugar mejor para vivir.

Las Escuelas Taller en Colombia, que se encuentran en Bogotá, Boyacá, Barichara, Buenaventura, Caldas, Cali, Cartagena, Mompox, Popayán, Quibdó y Tumaco, tienen el apoyo del Ministerio de Cultura, especialmente de la dirección de Patrimonio, que, como dice en la página de las Escuelas Taller, “El programa capacita a jóvenes colombianos entre 18 y 25 años en oficios tradicionales vinculados con nuestro patrimonio cultural, en espacios de inclusión y convivencia donde prima la equidad y el respeto por la diversidad, aspectos indispensables para fomentar la construcción de una cultura de paz que respeta y defiende la memoria y la identidad. Al final de su ciclo formativo, los egresados de las Escuelas Taller se convierten en individuos emprendedores que entienden el patrimonio cultural como una fuente de desarrollo local.”

El sugerente titulo de estas escuelas en Colombia es Herramientas de Paz, y cuando Marcela habla de sus estudiantes, de sus profesores, de sus colegas, de su Escuela Taller de Tumaco, lo que inspira es eso, paz, pero no la de palomitas pintadas en el piso, sino la de la paz con justicia social, como lo soñaron miles de líderes colombianos que nos han precedido. Por eso luego tomamos camino rumbo a la sede, que queda en el barrio La Florida, cerca al aeropuerto de la ciudad. Cuando va llegando, la emoción crece en Marcela, en el camino me va contando las peripecias que ha hecho para contar con unas instalaciones como las que tienen en la actualidad. Entonces, unos hermosos edificios en madera, a la usanza de las tradicionales viviendas del Pacífico colombiano, engalanan el entorno rodeado de bases militares.

Con el orgullo propio del que dice y hace, del que sabe que su trabajo ha valido la pena, la directora nos muestra los talleres donde los jóvenes han aprendido haciendo: carpintería, luthería, orfebrería, danza, informática y cocina. Por ahora, en razón al Covid-19, las instalaciones están vacías, pero es fácil imaginarse las voces de estos jóvenes que tienen la dichosa oportunidad de estudiar aquí, las rizas cargadas de esperanza y la alegría manifiesta en ritmos que nunca faltan en la Perla del Pacífico. Busca con desespero a un perrito que es el guardián de la escuela, le ha llevado comida y me cuenta la historia de su cancerbero, un lindo perrito que luego de varios llamados le hace caso y viene a saludarnos. De igual manera saluda a otra perrita que ha parido ahí cerca y a un gatito que ahora vive ahí. Es que Marcela Aragón ama la vida, que aquí es permanente potencia, sobre todo en el manglar que hay cerca y que la directora está empeñada en rescatar.

En octubre de este año la Escuela Taller de Tumaco conmemora un lustro de existencia, dejando constancia de que hay muchas cosas buenas que se pueden hacer. Marcela habla de los aliados, de la necesidad de generar sinergias para que la Escuela Taller pueda ser sostenible, inclusive manifiesta que hay la posibilidad de que se abra en otros municipios del Pacífico nariñense. Esto sería maravilloso, ya que amplía el espectro de un modelo educativo centrado en el liderazgo y en la transformación positiva del territorio, además de que así abre la posibilidad de una paz centrada en la equidad y en la formación de más y más líderes capaces de replicar sus saberes con los demás, como esos viejos sabedores, verdaderos maestros, que hay en las playas y esteros, esperando un oído atento que se encante con sus historias.

Estoy seguro de que muchos de los alumnos de la Escuela Taller de Tumaco seguirán el ejemplo de Marcela, no se dejarán llevar por la tristeza o la desolación ante una realidad que es dura, pero que es posible cambiar, ahí está la mejor muestra. Porque de ahí no salen únicamente jóvenes capacitados en un saber determinado, sino que salen líderes empotrados en la convicción de que los patrimonios culturales deben cuidarse, pero aún más, deben ser generadores de sana convivencia y constructores de paz, así, como cuando a su directora se le dibuja una gran sonrisa cuando ve su sueño, y el de muchos, hecho realidad.